Gloria Fuertes

La gente corre tanto | porque no sabe dónde va, | el que sabe dónde va, | va despacio | para paladear | el 'ir llegando'.

Nos centramos en los sueños, en las metas y nos olvidamos del camino. No me gustan las frases que te motivan y te saludan desde el objetivo conseguido. La inmediatez con la que necesitamos visualizar los resultados hace que el fomento de la lectura sea un camino demasiado pesado. 

Sería demasiado fácil hablar aquí sobre la sensación de no llegar a tiempo a nada, mucho más cuando se vive en una ciudad grande. Demasiado tentador es hablarte de las prisas, del estrés que construimos a nuestro alrededor y, ya de paso, alrededor de los niños; porque ni las prisas, ni el agobio, ni el estrés, ni el fast food son o serán amigos de la lectura, mucho menos del fomento de la misma.  

Ya te digo que eso sería demasiado fácil, así que he pensado que voy a hablarte de los flamencos. Los flamencos en la noche. 

No todos los seres vivos que caminan sobre este planeta comenten, afortunadamente, los mismos errores. Los hay que entienden el ritmo del tiempo y este es el caso de los flamencos que habitan la Laguna Brava, a más de 4000 metros de altitud, en las montañas altoandinas en Argentina, limitando al oeste con Chile. 

No es que yo sea una entendida en el tema, ni mucho menos, los nombro porque vi un documental sobre hábitats montañosos y allí estaban ellos, majestuosos flamencos. Están tan de moda que resulta hermoso ver uno real y no en un flotador enorme de piscina. Desde luego, estos animales no parecen muy preocupados por nuestro estilo, ni por saber que fueron tendencia el pasado verano… Tonterías aparte, lo curioso de los flamencos en la Laguna Brava ocurre de noche, cuando la temperatura baja tanto que la laguna se congela y deja a los animales metidos en el agua, sin poder moverse. 

El documental mostraba una comunidad muy numerosa de flamencos inmóviles, como petrificados, durante la noche. Con los primeros rayos del sol, el agua se iba descongelando poco a poco y verles salir, intentando mover sus delgadas patas, fue un descubrimiento maravilloso.  

¿Qué pasaría si a nosotros nos congelaran las piernas, desde las rodillas hasta los pies, y no pudiéramos movernos a partir de las… 19:00? (por decirte una hora en la que hoy ya es de noche). ¿Nos hubiéramos acostumbrado? ¿Habríamos fabricado algún artilugio para descongelarlo todo? ¿Nos habría podido la desesperación? 

LEER: Una emoción con ritmo propio

Y es que saber esperar no siempre nos resulta tan sencillo como lo transmiten los flamencos altoandinos. Ver este documental me llevó de lleno a la lectura. Tras varias vueltas en mi cabeza sobre la paciencia, los ritmos de la naturaleza, mis propios agobios y mis propias prisas… llegué al lugar donde cada pregunta cobra sentido: los cuentos. 

El gusto por la lectura es una emoción que lleva su propio ritmo, no tiene prisa y precisa de varias virtudes que deberíamos aprender de los flamencos: 

Paciencia. Los resultados no vienen por arte de magia, hay que ser conscientes de que el camino es tan largo como puede serlo la propia vida. Así que, en edades jóvenes, tengamos paciencia con los lectores a quienes acompañamos en la lectura. Seamos justos con ellos y razonables en el tiempo, ¿por qué hay tanta prisa? Que lean bien. Que aprendan a leer rápido. Que les apasione leer. ¿No son demasiadas y altas expectativas si pretendes cumplirlas en poco tiempo?  

Quietud. Si estamos acompañando en la lectura (ya sea en el aula, en la biblioteca o en casa) a veces habrá que estar en un interesante segundo plano sin hacer nada más. No pasa nada por estar quieto. No siempre hay que tener una labor activa (y constantemente educativa) en la lectura, en muchas ocasiones habrá que dejar que los días de lectura sigan su curso, “a su ritmo”, o incluso habrá que aceptar momentos en los que no lean nada, porque nada les gusta y nada les atrae. Tranquilidad, quietud durante la noche, que ya vendrá el sol con su calorcito a descongelar el agua.  

Perseverancia. La quietud tiene de malo el que podamos acostumbrarnos. Es una tentación demasiado grande rendirse durante esos momentos de inactividad. La clave está en saber aprovechar el deshielo y comenzar, poco a poco, a poder moverte de nuevo. Encontrar espacios de diálogo frente a los libros y cuentos es importante, que lean con autonomía propia es necesario, no hay que tirar la toalla nunca y darles a entender que “los damos por perdidos”. Es una sensación bastante habitual en la librería: adultos que ya dan por perdidos a los jóvenes que “no leen”.

Para hacer crecer el gusto por la lectura, apunta esos tres valores y lee, lee tú mucho. Y para que cunda el ejemplo, te recomiendo tres cuentos, tres lecturas que hacen referencia a los valores mencionados. Cuentos para resistir a la noche y aceptar que cada meta conlleva un camino que debemos andar sin prisa, parando a veces y siendo constante. Seguro que son cuentos que leerían los flamencos de Laguna Brava si pudieran. 

El pequeño jardinero

Ilustrado por Emily Hughes la historia de este jardinero no se te irá de la cabeza jamás. Tan afanado en su jardín, tan bellas flores y plantas las que atesora, tan empeñado en su trabajo que no se da cuenta de que lo mejor está por venir. Una lectura que transmite paz, tesón y alegría, para coger al vuelo la idea de que el descanso tiene también su recompensa, que es necesario el esfuerzo pero también confiar en los demás. Perfecto en su imaginario, directo, libre y sensible, así es El pequeño jardinero 

ilust. Emily Hughes - ed. Impedimenta

Espera, Miyuki

Esta es una lectura llena de paciencia que narra justo lo contrario: la impaciencia de una niña por ver abrirse todas las flores el primer día de primavera. El abuelo de Miyuki va regalando al lector las enseñanzas que transmite a su nieta. No todo florece a la vez, no todo se descubre con el mismo ritmo. Con un estilo muy marcado, este cuento de grandes dimensiones esconde un gran jardín, cuya flor más bonita no tiene prisa por florecer.  

ilust. Seng Soun Ratanavanh - ed. Juventud

Te escribí un mensaje

La perseverancia hecha historia. La sencillez de un mensaje escrito a mano, el viaje de este a través del campo, del bosque, del huerto… El mensaje pasa por tantos animales (¡y ninguno lo usa para leer!) que se puede temer que no llegue hasta su destinatario. ¿Se perderán las palabras escritas en el papel? Un cuento perfecto para reír con las ocurrencias de cada animal (uno se hace hasta un sombrero) y también para transmitir una idea preciosa y es que todo llega si estamos atentos, si lo buscamos y no dejamos que la excesiva calma se convierta en pasotismo. De esta forma, la pequeña protagonista de esta historia va acompañando a su mensaje a lo largo del recorrido.  

Tres valores imprescindibles para el fomento de la lectura y ¿cómo no? Tres lecturas. Que aquí hemos venido a leer, y mucho 😉

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