Algunos meses comienzan sin hacer ruido, pero no será el caso de este noviembre.
Con el curso ya estrenado, nuevos horarios y rutinas. Ayer me compré un despertador de campanas, vuelvo a calcular las rutas entre mi casa y el trabajo, siempre llego demasiado pronto. El tiempo sucede y por fin los días empiezan a encontrar el hueco donde acomodarse. Por esos mismos huecos se cuela también el frío de la sierra para recordarme que ya es hora de sacar el abrigo.
Llevo dándole vueltas varios días a cómo tomarle el pulso (de nuevo) a este espacio de lectura. A lo mejor es un buen momento para amanecer en nuevas costumbres, aunque sean pequeñas. Como siempre, leer un cuento antes de cerrar los ojos es la mejor de las costumbres. No tienen que ser cuentos largos, ni todos los días tienen que ser diferentes, ¡se vale repetir! Tampoco hace falta convertir este rato en otra tarea imprescindible del día. Basta con dejar unos cuantos libros cerca de la almohada, elegir uno y compartir diez minutos de lectura cuando la casa y la vida respiran más despacio.
Noviembre llegará con frío, pero también de la mejor forma posible. Por eso he sacado, rebuscando en las estanterías de las Bibliotecas Públicas donde trabajo, cuatro títulos de la colección «Cuentos de ahora», de la editorial SM, que huelen a castañas y sopas, a lumbre y magia de paseos en el bosque. Son cuentos de pequeño tamaño, breves y estupendos para leer en voz alta con quienes todavía no leen de forma autónoma; también para acompañar esos primeros momentos en los que empiezan a hacerlo. Tres de ellos, además, están impresos en letra ligada, por lo que se convierten en verdaderos aliados de los primeros (primerísimos) lectores.
Me niego a etiquetar las lecturas con una edad genérica, pero si me pides que lo haga te diré que la propia editorial recomienda la colección a partir de 3 años. Dicho esto, hoy la propuesta no va de edades ni de aprender a leer. Hoy vengo aquí a charlar sobre las rutinas mínimas, casi invisibles, pero diarias. Vamos a hacerles un pequeño homenaje porque sin ellas la vida sería bastante más aburrida.
Ponerse unos calcetines abrigados, remover un vaso de leche caliente con la cucharilla, abrir un cajón y descubrir que todavía huele a ropa limpia. Enrollarse la bufanda alrededor del cuello, mirar el color de la miel a través del tarro de cristal, escuchar el crujido de los cereales en la cena. Son cosas que hacemos sin prestarles demasiada atención, gestos que repetimos casi todos los días y que, sin embargo, tienen un poquito de extraordinario. Si me detengo a pensarlo, me doy cuenta de cuánto me gusta hacer todo eso.
Desde luego, en casa nunca puede faltar la costumbre de abrir un libro antes de dormir, es una costumbre silenciosa (solo a veces) que nos deja la cabeza llena de ideas, palabras y emociones.
Hacerle un sitio al cuento
Un libro. Un cuento. Un ratito. Leer para después cerrar los ojos.
Pero, como todo, las costumbres no solo necesitan encontrar su momento, también requieren su lugar. Si quiero que un libro forme parte de mi tiempo antes de dormir, quizá debería empezar por algo tan sencillo como hacerle sitio: dejarlo cerca, ponerlo a la vista, inventar una señal que me recuerde su presencia. Puede parecer bobo, pero sin ese pequeño gesto la mente se irá hacia otras acciones que también me gustan.
Sin volverse tarumba, ¿vale? Tampoco se trata de imponer nada, solo de abrir un espacio de encuentro, que haya contacto visual, jaja. Vas tranquilamente por la habitación y sientes que algo te está mirando fijamente, con cara de «estoy aquí, no te olvides»: es el libro, mirando cómo vuelves a abrir TikTok o Instagram para hacer scroll infinito. Este otoño quiero que el libro sea mi último pensamiento del día.
Para hacerle sitio al cuento (ya sea cómic, libro, álbum ilustrado, revista, fanzine…) incluso te propongo que ese lugar lo custodie un personaje: muñeco, peluche, lámina (tipo póster). Estaría bien hacerlo cómplice de las lecturas que se vayan sumando cada noche.
Aquí te dejo varias propuestas.
- Pequeña biblioteca de buenas noches: simplemente una cesta, balda o rincón junto a la cama con pocos cuentos que se van renovando.
- Medidor de libros: una torre que crece con cada título leído. Importante: sin objetivos. El medidor crece al ritmo que sea porque, entre otras normas, ya hemos dicho que vale repetir título. El cuento de ayer puede ser leído esta noche, y tantas noches como queramos. A veces, una historia resuena en el lector de forma especial y parece como un eco: no dejamos de escucharla, volvemos a leerla una y otra vez. ¡No pasa nada!
- Guardián de los cuentos: también puede ser una luz determinada, un muñeco que custodia las lecturas. Podría tener nombre o no…
Libros traigo, oigan
Pensabas que te ibas de aquí sin alguna recomendación. ¡En absoluto! Cada artículo de este blog, cada charla que mantenemos, cada tema que sale a colación no se cierra sin proponerte buenos títulos con los que nutrir tu mesita o esa pequeña biblioteca de las buenas noches que acabamos de inaugurar.
Para esta ocasión, he recuperado varios títulos de una misma colección. Como ya te dije al principio, se trata de: «Cuentos de ahora», de la editorial SM. Cuatro libritos de pequeño formato, de esos que caben en cualquier rincón y que nos da tiempo a leer casi, casi antes de cerrar los ojos.
Apunta bien la referencia porque te van a encantar:
- Agüera, Isabel. El viejo árbol. Ilustrado por Teresa Novoa. Madrid: SM, 2008.
- Menéndez-Ponte, María. Pelos de bruja. Ilustrado por Alfonso Ruano. Madrid: SM, 1997.
- Romero Yebra, Ana María. El sapito vegetariano. Ilustrado por Arcadio Lobato. Madrid: SM, 1998.
- Sáez Castán, Javier. Picopelosplumas y el hombre pájaro. Madrid: SM, 2000.
Cuatro historias diferentes que pueden permanecer en casa durante cuatro noches de noviembre. Aunque, si alguna merece repetirse, ya sabes que aquí no llevamos la cuenta.
Hay algo que me gusta especialmente de estos cuatro cuentos: todos tienen un reflejo de luz escondido. Una visita a casa de la bisabuela, un pequeño sapo que no quiere comer, un manzano afligido o la melodía inesperada del amor. Historias sencillas que nos llevan de lo cotidiano a lo fantástico. Si se quiere, podremos darles la vuelta como a un calcetín. Todas tienen doble lectura, detalles con los que darle vueltas a la cabeza; sin embargo, también podremos leerlos, divertirnos, disfrutar del momento y hasta mañana.
Me gusta que, bajo unas cubiertas que comparten diseño, encontremos formas tan variadas de contar e ilustrar. María Menéndez-Ponte nos lleva hasta la casa de la bisabuela Dorinda en Pelos de bruja, acompañada por las ilustraciones de Alfonso Ruano, con un realismo lleno de tradición. Ana María Romero Yebra juega con la rima y el humor en El sapito vegetariano, ilustrado por Arcadio Lobato. Si tuviera que quedarme con uno de los cuatro cuentos sería con este, sin duda. La personalidad del protagonista es pura ternura. Al otro lado de las emociones, Isabel Agüera da vida a un viejo manzano para recordarnos lo valiosos que somos, a pesar de que pensemos lo contrario. De dibujar a este peculiar árbol se encarga Teresa Novoa, una ilustradora con inmensa trayectoria que merece ser descubierta (o redescubierta).
Palabras mayores son las historias de Javier Sáez Castán. ¡Qué delicia de autor! Su imaginación parece tener reglas especiales, pero siempre deja la puerta abierta para que sepamos entrar en ella. En Picopelosplumas y el hombre pájaro encontramos personajes insólitos, música y la naturaleza; dicho así, bien podría pertenecer a un cuento de los clásicos. Sus ilustraciones tienen algo de onírico, de teatralidad y de mundo antiguo, su originalidad es difícil de confundir. No es casualidad que recibiera el Premio Nacional de Ilustración en 2016, fue el merecido reconocimiento a una trayectoria extraordinaria que sigue evolucionando.
Cuatro cuentos, cuatro buenas excusas para hacerle un hueco a la lectura antes de dormir.
Y ahora cuéntame, ¿cuáles son esas pequeñas costumbres que te hacen la vida un poquito más feliz? ¿Tienes algún cuento que siempre vuelve a tu mesita de noche? Me encantará leerte por aquí o seguir charlando en redes sociales, donde los libros y las historias nunca se acaban del todo.
Mientras tanto, voy a buscar unos calcetines calentitos, dejar un cuento cerca de la almohada y preparar el despertador de campana para mañana… me gusta su timbre jajaja. Ya queda poco, ojalá noviembre nos encuentre con ganas de leer, aunque sean ratitos cortos, siempre serán positivos.
Una vez más, nos vemos en la página siguiente.

