Luis García Montero

Si se muere la poesía, se muere algo más que un género poético. Se perdería también la dimensión humana de una sociedad, con unos individuos convertidos en pura mercancía, sin algo que les invitara a pensar en el amor, en el miedo, en la ilusión…

Si pretendemos aunar toda la poesía en una sola definición, el resultado no sólo será ostentoso, también un auténtico desastre, maldita sea. No hay definiciones exactas sobre la poesía. 

Digo más: no hacen falta definiciones, ni saber cuál es el mejor camino para llegar a entenderla; con que sepamos que existe y que es una de nuestras armas más poderosas para identificarnos, creo que vale. Al menos a mí sí y siempre que me acerco a su lectura trato de NO ponerme yo en el centro sino buscar algo externo que pueda despojarme de mis necesidades. Cultivar el arte por la lectura de poesía es la verdadera clave para “gestionar” esas emociones que ahora nos interesan tanto. Ancestral es el poder inexplicable de las palabras que no van acompañadas de un adoctrinamiento. 

Leer poesía es confiar de forma activa en la palabra.  

La poesía muerde

O eso creemos los adultos. Es curioso pero durante mis años de librera, jamás he conocido a un niño o una niña al que no le gustara la poesía. Nunca. Ni uno. Ni una. Durante la infancia no existe el miedo a la poesía, ¿por qué? Porque durante la infancia no existe el miedo a nosotros mismos.

Si me permites, voy a hablar de algunas de las razones por las que un soneto nos puede volver paranoicos. Puede haber más o incluso puede que no estés de acuerdo con las que aquí expongo, en cualquier caso, hazme saber tu descontento en los comentarios. 

Sirvo el café porque esto nos va a llevar tiempo 😉 ¿por qué los adultos tememos a la poesía?

  • Constante necesidad de encontrarle respuestas a todo. Parece que todo tiene que tener un fin, un objetivo que alcanzar. Y esto es un mal que se puede trasladar también a la novela, a los cuentos y, en resumen, a la literatura en general. La poesía termina en un determinado número de versos y te deja solo, colgando en el silencio más absoluto entre tú y la palabra. Es una sensación de abismo, de no haber entendido nada, de querer saber con qué motivos escribió aquello el poeta… y digo yo: ¿qué más da todo eso? 
  • Otro de los motivos por los que temer a la buena poesía es la falta de artificio, un poema quita todo lo superficial y se queda con los versos esenciales; por tanto, mientras lees te queda la palabra, pero ¿y después? sólo estás tú y tú mismo. Como un espejo. Confrontarse da miedo porque un buen poema lo mismo te da paz como te prepara para la guerra. 
  • Pero espera que hay más, ¿nunca te ha dado vergüenza recitar un poema o incluso cantarlo? Piénsalo, seguro que ha habido momentos en los que no te has unido a la lectura en voz alta de un poema por temor a hacerlo mal, a no saber, a sentirte ridículo… porque un poema, cuando está escrito para que lo lean los más peques, tiene melodía, ritmo, tono… ¿Quién no ha recitado de pequeño: “Cucú, cucú, cantaba la rana. Cucú, cucú, debajo del agua” con ese sonsonete tan típico? Pues eso mismo que en nuestra infancia nos divertía, ahora nos da vergüenza, hemos adquirido sentido del ridículo y vaya vaya vaya con los adultos, ¡qué estirados nos volvemos a veces! 

Claro, no siempre. En realidad, obviamente, no a todos los adultos les pasa lo anterior pero estarás de acuerdo conmigo en que la falta de popularidad de la poesía en las aulas, en casa, ¡o en la calle! se debe a estos motivos u otros que no menciono por falta de espacio.  

Por eso hay que jugar más con la poesía, asaltar los parques con los juegos de palabras, hacernos preguntas y más preguntas que ¿quién sabe si tendrán respuesta? Hay que ser más gamberros, más atrevidos. Hay que darle candela a los versos: más propuestas de poesía en las aulas, en las bibliotecas y en las librerías. ¿No sabes por dónde empezar? Voy a darte una idea. 

La poesía no muerde

En el fondo y miedos aparte, la poesía es inofensiva para cualquier ser vivo. La editorial LITERA libros nos invita a todo este juego y propone un poemario imprescindible para cualquier estantería “in the world”. Si quieres propuestas líricas para compartir con los peques, hazte con estos 44 poemas para leer con niños, una selección maravillosa de Mar Benegas, de quien ya te hablé en otra reseña: A lo bestia. 

Desde las guardas de este cuento ya se nos reta: “la poesía no muerde | la poesía no muerde | la poesía no muerde | la poesía no muerde…” como un pequeño mantra que nos interroga, ¿lees habitualmente poesía con tus hijos/alumnas/nietas/sobrinos? ¿por qué no lees más poemas con ellos? 

Así pues, te confieso que el primer “poema” que leí fue ese y, navegando por ese mar de palabras, pasé un buen rato conmigo misma. A partir de ahí, Mar elabora un decálogo excelente acerca de la poesía y se lanza al vacío. Una aventura de 44 poemas escogidos con un mimo y un criterio perfectos. Los autores de cada uno de ellos son de lo más variado: hay clásicos, hay contemporáneos, algunos te sonarán como de la familia y otros ni te suenan (a lo mejor) pero cada uno aporta un valor diferente, un rasgo nuevo. Como cada poeta deja su personal huella, el libro es fácil de leer, divertido y (desde luego) creativo.

No son poemas infantiles (permitidme la expresión), no buscan la rima fácil con la que todos empezamos a canturrear poemillas, para tal fin existen otros títulos igualmente válidos. En esta propuesta damos un paso más, experimentamos con la expresión verbal y con la visual porque donde acaban las palabras comienzan los juegos y la imaginación. 

Para hacer que los versos cobren vida, y ganen en curiosidad, se utiliza la propia tipografía: letras grandes, series de signos de puntuación, repetidos hasta el infinito, que conforman espacios dibujados o en blanco, a capricho de los editores. Mar Benegas nos acompaña en la lectura, en forma de notas azules a pie de página. Ella nos va guiando con preguntas, con ideas, interpretaciones o con sueños. 

SE VENDE TODO, Pedro Mañas

«¡Lo vendo todo, lo vendo!»,
grita un hombre en el mercado.
«¡Vendo tuercas y tornillos,
cerraduras y candados,
bombón helado y barquillos,
alcohol, tiritas y yodo,
camisas y calzoncillos!
¡De todo, vendo de todo!»

Se le acerca una clienta:
«Quiero un bote de silencio,
medio litro de tormenta,
cuatro cajas de buen tiempo
y un kilo de isla desierta.
Quiero espuma de la playa,
dos botellas de laguna,
un racimo de palabras
y una rodaja de luna».

El hombre del puesto se enfada:
«¡No vendo nada de eso!».
Y ella se marcha diciendo:
«Entonces no vende nada…»

Este poema es de mis preferidos y con él me despido. Hoy me he extendido más de la cuenta, pero al menos ojalá te haya gustado el café y que quieras compartir otro momento de charla conmigo en el próximo artículo. Gracias por leer. 

Nos vemos en la página siguiente.

Otras lecturas

  • MAR BENEGAS y GURIDI (2018): A lo bestia, Litera Libros, 48pp.
  • ANTONIO RUBIO y TERESA NOVOA (2001): Versos vegetales, Anaya, 110pp.
  • PEDRO MAÑAS y SILVINA SOCOLOVSKY (2010): Ciudad laberinto, Faktoría K de Libros, 60pp.
  • JUAN C. MARTÍN RAMOS y CRISTINA MÜLLER (2010): La alfombra mágica, Anaya, 86pp.
  • ANTONIO G. TEIJEIRO y XAN LÓPEZ DOMÍNGUEZ (2017): Poemar el mar, Anaya, 80pp.
  • KARMELO C. IRIBARREN y CRISTINA MÜLLER (2010): Versos que el viento arrastra, El Jinete Azul, 66p.

Leave a Comment

Your email address will not be published. Marked fields are required.