Hielo

Capítulo uno

El pasillo no tiene ni un metro de ancho, si hago presión con las manos en ambas paredes podría subir unos cuantos metros hacia el supuesto techo, pero nunca lo he intentado.

Delante de mí está la puerta. De madera, sin barniz, con una moldura en el centro que describe un rectángulo en el centro. La reconozco perfectamente y de nuevo aquí, parada frente a ella, decido girarme y volver. Camino despacio, pie delante de pie, como si tuviera vértigo y fuera eso mismo lo que pudiera salvar al mundo. Camino tocando los muros con la yema de los dedos, los acaricio como si ya fueran algo mío. Mientras deshago el camino voy contando los pasos, cuatro hacia delante, gira por el pasillo de la izquierda y ahora camina diez pasos, hay dos accesos pegados en la parte derecha, es el primero. Tres pasos y el pasillo se dobla hacia la izquierda, dos más y vuelvo a doblar en la misma dirección.

Aquí dentro el olor va cambiando según el pasillo en el que me encuentre. Ayer descubrí uno nuevo, uno por donde nunca había pasado. Las paredes allí estaban decoradas con azulejos cuadrados y pequeños, de color azul muy claro. En ese pasillo había una humedad terrible y al colocar la mano sobre los azulejos, notaba cómo iba mojándose cada vez más. Cada vez más agua, cada vez más mojada, pero al apartarla volvía a estar completamente seca. Me estremecí en una extraña mezcla de placer y dolor, como la sensación de tocar líquido vacío. Desde que descubrí aquel pasillo he pasado varias veces por allí, a pesar de que la humedad va asfixiándome un poco más a cada minuto que gasto entre esas paredes. Nunca he encontrado una ventana y no sabría cómo reaccionar si la viera. Tres pasos y el pasillo se dobla hacia la izquierda, dos más y vuelvo a doblar en la misma dirección.

La estancia a la que me dirijo es la más grande, un cuadrado de tamaño suficiente para que ocurran cosas increíbles. Allí todo cambia cada día, lo único que se mantiene intacto es el sobre cerrado que siempre encuentro en la mesa redonda del centro. Es un sobre blanco, con una dirección escrita que nunca llego a leer y el sello de un país que nunca llego a reconocer. Tres pasos y el pasillo se dobla hacia la izquierda, dos más y vuelvo a doblar en la misma dirección.

Siento que hace más frío, que la piel de los brazos se tensa a medida que mis ojos han de acostumbrarse a la luz. Aquí dentro todo es penumbra y ahora, parada en medio de la abertura que hay entre dos muros, veo la mesa redonda en el centro, el sobre cerrado, cruzo los brazos queriendo abrigarme a mí misma porque hoy, en esta sala, todo es de hielo. Los ladrillos de las paredes son del blanco azulado más intenso, puedo acercar mi mejilla a uno de ellos y sentir el frío antes de tocarlo. A los lados de la mesa hay dos estatuas con forma de animal, una de ellas porta una bandeja poblada de frutas, la otra tiene una pose más simpática y de ella cuelgan unos patines de cuchillas. Es lo único, junto con el sobre, que no es de hielo. Están ahí para mí, son de mi talla de pie y, aunque no he patinado en mi vida, me los pongo. No sé cómo, ni cuándo, he aprendido a deslizarme tan bien por el hielo, a girar, a no preocuparme por las caídas y avanzar velozmente. ¿Para qué voy a preocuparme si todo aquí es temporal? Al acabar, cuelgo los patines en el divertido animal y me dispongo para salir de nuevo al pasillo. Doblo a la derecha, dos pasos hacia delante y doblo a la izquierda camino tres pasos.

De esta forma procuro adaptarme, llevo aquí un tiempo que no sé medir. Acabo de notar que este pasillo me suena aunque hay demasiada oscuridad; pero sí, ya he estado aquí antes… cuento los últimos cuatro pasos y de nuevo tengo la puerta delante de mí. Ni siquiera me atrevo a tocarla por miedo a que cruja y se abra de golpe. Quiero perderme pero, haga lo que haga, siempre encuentro la salida. No; no me atrevo a salir del laberinto.