Es sólo un truco

Relato corto | Relato Onírico

ACTO I

La vida de un mago no es como en los cuentos. Era la quinta vez que abría el mapa para comprobar cuánto se había perdido, porque de eso estaba seguro, en algún momento del camino se había desviado de la ruta.

En el papel estaban marcados dos puntos, el de origen y el de destino, con un lápiz había trazada una línea que los unía y serpenteaba por el mapa, porque nunca el camino más corto va en línea recta. Eso lo sabía el mago, que se guiaba con una brújula que no sabía utilizar y varios cachivaches que iba sacando de su mochila según avanzaba. 

No tenía claro si quería ir hacia el Norte porque el mapa no especificaba orientación alguna. Confió en que reconocería los distintos paisajes que se coloreaban en el mapa según la altura.

En breve comenzaría a anochecer, así que eligió un rumbo al azar y dio el primer paso. Llevaba el mapa abierto mientras andaba, como si fuera un libro que no pudiera dejar de leer. Un mapa del mundo”, pensaba el mago, en algún lugar había un secreto escondido para él, esperando para desvelarle todos los trucos de magia. Y en esos pensamientos iba absorto cuando encontró un poste de madera, clavado en el suelo, al pie de una angulosa y alta montaña. Todo el terreno estaba cubierto de hierba que no terminaba de secar del todo, ni amarilla, ni verde, ni ocre… la espesura de todo a lo que alcanzaba su vista era blanca. La imponente montaña prometía menos claridad.

Fue a mirar de nuevo el mapa pero entonces reparó en el cartel, tenía forma de flecha y en él podía verse dibujada otra flecha, esta vez blanca.

La punta de la flecha de madera apuntaba hacia arriba y la flecha dibujada dentro apuntaba de la misma manera. El mago estaba convencido de que dos flechas nunca podían estar equivocadas a la vez.

ACTO II

Con todo decidido comenzó a ascender, sentía que el peso de su mochila se había duplicado de repente y el hecho de llevar el mapa entre los dientes no ayudaba demasiado. No creyó necesario guardar el mapa en la mochila pero conforme subía por el empinado sendero se iba encontrando (cada vez con más frecuencia) partes en las que el camino estaba cortado o derruido. Ahí tenía que ingeniárselas para subir por la ladera escalando como una lagartija hasta que lograba volver al camino. Con semejante panorama, el mago perdía la noción del tiempo y lo que eran dos, en su mente parecían doscientos kilómetros; donde pudo se sentó.

Entornaba los ojos para ver mejor, fruncía el ceño como si eso le ayudara a encontrar un camino mejor. Allí estaba todo escrito, algo se le escapaba, sólo tenía que mirar y saber leer. Pasaba los ojos una y otra vez en todas las direcciones posibles, de pronto paró de golpe en un punto, cerró el mapa y comenzó a subir de nuevo. Esta vez dejó la mochila a un lado del camino porque le bastaba cargar con su propio peso; al volver la recogería.

Pero no tardó ni un minuto en detenerse, como si hubiera aparecido de la nada, de pronto se encontraba en una explanada bastante grande. No había árboles, no había piedras, tan sólo un suelo de hierba blanquecina, cuyas hojas le cubrían casi hasta las rodillas. Eran suaves, como filamentos de seda, podía andar a través de ellos pasando su mano por encima y sintiendo un cosquilleo vivo. Era como peinar el suelo, aquella vista le encandiló tanto que se quedó quieto, al borde de la explanada, mirando el inmenso campo blanco que había dejado abajo.

Al pasear por allí, se dio cuenta de que había algo raro en el suelo, una mancha negra que no estaba ni a la vista ni escondida. Según iba acercándose la curiosidad iba en aumento al mismo ritmo que sus pupilas se dilataban para dejar espacio a la luz.

Era una cerradura, un hueco que se abría en el suelo y que daba a cualquier lugar. La abertura era grande, tan grande que el mago dijo en voz alta:

—Sin duda, no puede ser una cerradura; no hay llave que lleve, ni puerta que descubra.

Y diciendo estas palabras fue quedándose dormido.

ACTO III

Notó cómo despertaba su respiración.

Todavía estaba en el suelo pero sacudió la cabeza. Al levantarse, aquel hombre sintió una enorme punzada de dolor en el pecho. De pie, en medio de lo que parecía un campo de trigo blanco, no podía precisar quién era, cómo había llegado hasta ahí ni mucho menos para qué.

Así pues, el mago que ya no era mago porque no recordaba que lo era, tenía la mente en blanco desamparo y en los pies un camino que llevaba al vacío.

Caminó en círculos hasta que decidió sentarse; buscando un lugar para descansar vio algo en el suelo que llamó su atención, ¿quién habría cavado en aquel lugar olvidado? Era el ojo de una cerradura. El hombre metió la cabeza lo poco que pudo, intentaba averiguar, aunque fuese con la mirada, hacía dónde llevaba esa cerradura. Si había una cerradura, había una puerta y con ella una salida. Pasó los dedos por el perfil metálico, la llave no podía andar muy lejos porque su tamaño era bastante grande, tendría que verse fácilmente. No se movió para buscarla porque debía de estar muy cerca de allí y tampoco quería perderse. Pensaba y se desesperaba intentando recordar quién era.

Comenzaba a dolerle la espalda. Apoyó su mano izquierda para sujetarse y movió el pie hacia delante con fuerza para incorporarse. Al ponerlo al lado, su sorpresa dibujó una posibilidad en su cabeza y conforme lo iba pensando estaba más seguro de ello, de todos modos no perdía nada por intentarlo.

Despacio, tratando de equilibrar el cuerpo sobre un pie, fue metiendo el que le quedaba libre por la cerradura. Con la suela de la zapatilla tocó algo, giró el tobillo hasta dibujar un ángulo de noventa grados. El viento soplaba con fuerza, el suelo le propinó una enorme sacudida, como pudo se agarró a los filamentos de hierba blancos que tenía al lado.

El gran conejo blanco se levantó y de un salto salió de la chistera.

Cuando todo, por fin, quedó en silencio y en calma, el mago abrió los ojos. En la habitación, que estaba casi vacía, había un mapa. “Un mapa del mundo“, pensó él. Lo preparó todo y salió con su mochila dispuesto a descubrir el lugar en el que había un secreto escondido para él.

Todo era posible. Por eso era mago.