Abies

Abiesterra es una pequeña villa situada a los pies del monte Abies, donde los abetos se contaban por millares desde tiempos muy lejanos. En Abiesterra, el día más importante era la Fiesta del Solsticio, en la que todos los vecinos acudían al monte para talar su abeto de Navidad y llevárselo a casa para decorarlo. Nadie sabe cuándo empezó el desastre: los vecinos culparon al alcalde, el alcalde culpó a los granjeros, los granjeros a los animales y los animales, hartos ya, apenas querían quedarse a pasar aquí el invierno.

La preocupación era máxima porque aquel diciembre peligraba la tradicional recogida de abetos. ¿Cómo? ¿Aún no os he dicho por qué los vecinos estaban tan preocupados?

Ninguno de ellos se preocupó cuando el número de abetos comenzó a ser cada vez menor. Ninguno de ellos le puso remedio hasta que el monte Abies sólo contó con 10 abetos: 5 secos, 3 infectados por un hongo y 2 medio tumbados por los fuertes vientos del otoño.

Y así de pronto, Abiesterra se dio cuenta de que de miles de abetos sólo les quedaba uno.

Todos discutían entre ellos, la plaza era un alboroto de gritos y ninguno se ponía de acuerdo para saber qué hacían ante aquella situación. La pequeña Lola, una niña de buen corazón, iba de la mano de su padre mientras escuchaba las peleas de todos. Todo lo que oía le entristecía cada vez más, cada vez más, cada vez más…

–¡Lo más justo es que me lo quede yo! –decía el bombero.
–¿Con el mal gusto que tienes? El abeto estará mejor en mi casa –contestaba la farmacéutica.

Lola estaba a punto de explotar en lágrimas cuando dio un salto y gritó:

–¡Tengo la solución!

Como nadie la escuchó, se fue corriendo a casa pues no había tiempo que perder. Con todos los vecinos de la villa enfadados y con la amenaza de talar el último abeto “quien llegue primero”, ¿quién podría imaginar que estábamos en Navidad?

Lola trabajó en su plan para salvar la Navidad durante toda la noche a pesar del cansancio y que algunas veces bostezaba a la vez que Simone, su gata. Tenía el suelo repleto de herramientas: tijeras, papeles de periódico, lápices de colore, las cintas de costura de su abuela, pegamento de barra, telas, sellos… nadie se hubiera imaginado para qué querría Lola tantas cosas. Pero ella tenía el superpoder de pensar y crear.

A la mañana siguiente, tan temprano que hasta el gallo tenía legañas, los vecinos de Abiesterra se armaron con hachas de leñador y, en tropel, corrieron hacia el monte para llevarse el ansiado último abeto. Una vez en el monte siguieron las peleas para decidir quién había llegado antes, ¡la situación parecía imposible de resolverse!

¡ALTO, ALTO AAAALTOO!

Lola apareció desde el otro lado del monte arrastrando, a modo de capa, un saco enorme. Los vecinos se quedaron mudos al ver llegar a la niña con tanta decisión, por fin se hizo el silencio en Abiesterra y Lola, la niña de buen corazón, habló:

¿Qué más da quién tenga el árbol si estamos tristes en Navidad? Podemos decorarlo juntos y así será de todos.

Diciendo esto, abrió el enorme saco y comenzó a sacar bolas de Navidad, de cartulina y periódicos, pintadas con ceras, pequeñas decoraciones hechas con objetos de su casa que se podían colgar en las ramas del último abeto. Mientras sacaba las cosas, las sonrisas comenzaron a dibujarse en los vecinos de Abiesterra. Los primeros en colocar sus bolas de Navidad fueron los familiares y los amigos de Lola, y a ellos les siguió toda la villa. Aquel año que vieron el último abeto supieron salvar la Navidad entre todos, y de paso, el monte.

Cuando salvamos el respeto a los demás y a la naturaleza, salvamos la Navidad.