Nefelibata

PRIMER ACTO

Ningún habitante del País de las Nubes puede morar en el País del Suelo. Brillantes como estrellas pero frágiles como pompas de jabón, si pisaran el rígido suelo correrían el riesgo de fracturarse en mil pedazos. Tampoco los habitantes del País del Suelo pueden habitar la blandura del País de las Nubes. Firmes como rocas pero oscuros como el interior de una cueva, si saltaran sobre las elásticas nubes correrían el riesgo de ser quemados por los rayos del sol. 

Así pues, dos países tan cercanos estaban condenados a no entenderse jamás. 

Hace ya muchos tiempos, cuando aún el orbe no había cambiado su dirección, los tozudos habitantes del País del Suelo construyeron variopintos artilugios para ascender a las nubes. Quien subía no tenía más remedio que volver a bajar, pero era tal la obsesión de algunas personas por conquistar el reino celeste que eran tomadas por dementes. Nunca un habitante del País de las Nubes tuvo deseo alguno de bajar a la tierra pero siempre pasa: para todo hay una excepción. 

Nimbe despertó de su largo sueño, arrugó la nariz y miró una vez más la llanura que se extendía bajo sus blandos pies. Quiero bajar -lo pensó dos segundos más-. Voy a bajar.

Poco a poco, con hileras de su blanca nube, fue trenzando una larga cuerda con la que poder descender. Nimbe apoyaba sus pies fríos en los nudos de la trenza, bajaba despacio aunque sabía que no iba a echarlo de menos, tan sólo las noches que las brisas de la lluvia mecían su pelo. Bajó tanto que ya no hubo posibilidad de volver a subir, el País del Suelo quedaba muy cerca pero la cuerda se terminó. 

De ninguna manera podía lanzarse a la tierra, así que tuvo que balancear la trenza hasta llegar a la copa de unos árboles cercanos. Salvo algún enredo de su pelo con las ramas, llegó perfectamente al suelo. Nimbe apenas podía pensar con claridad entre la emoción del momento y la incertidumbre que le despertaba aquel lugar desconocido. Temió romperse con su propia respiración. 

SEGUNDO ACTO

Comenzó a andar. 

Había caminos realmente duros y dolorosos, caminos en los que el polvo podía meterse entre los ojos y con los que abrasarse de calor. Los subió y los bajó cada día, cada noche. Caminos estrechos serpenteaban en el suelo y se iban haciendo cada vez más angostos, en todos ellos Nimbe creyó su final y en todos ellos, detrás del último giro, volvía a abrirse la senda; se ensanchaban los pasos y los pulmones para comenzar de nuevo. 

Caminos estériles, donde nada alrededor había, donde nada crecía y nada podía morir. Suelo yermo sin más salida que hacia delante como si no hubiera esperanza alguna. Caminos que Nimbe guardó en su memoria, prometiéndose no pisar nunca, caminos solitarios y otros con doble sentido por los que las personas se saludaban gentilmente. Tenga un buen día, se decían. 

Dejó pisadas en las piedras, en la nieve, en la hierba, en las hojas secas. 

Dejó pisadas en el barro, en el asfalto, hasta en los charcos. 

De golpe, un día se desaparecieron los caminos. Delante de ella estallaba el gran mar que antaño viera desde las alturas. Le invadió la familiaridad del olor mientras se convencía de que allí se quedaría para siempre. Desde entonces sus caminos fueron espuma, arena húmeda, blanda pero firme para notar cómo todos sus huesos la sujetaban. Nimbe pasaba los días caminando por la orilla y las noches dejándose flotar por el mar. 

Una de aquellas noches en que la brisa mecía su pelo, se metió al agua con la cabeza en las nubes. Nadaba de espaldas cuando su mano tropezó con algo que estaba a su lado. Sorprendida abrió los ojos y giró su cabeza hacia un lado. Sólo entonces se miraron.

 


febrero de 2016, Madrid.