Muros de trigo

Literatura efímera

ÚNICO ACTO

Las hojas más altas de las zarzas comenzaban a molestarle en la pierna, el picor hacia que tuviera que detenerse más de lo que hubiera querido. Lo detestaba porque la última vez que le pasó tuvo que quitar, con verdadero fastidio, la espinosa hoja de una zarza seca que se había tejido prácticamente a su calcetín como un hilo más. Por eso decidió desviarse y cambiar la dirección del camino. Dejó atrás el campo para seguir su propósito, esta vez por un sendero limpio de la flora silvestre.

El motivo no importaba tanto como sus botas, caminaría hasta no poder más, pensaba que en algún punto indeterminado del mapa simplemente pondría fin a sus pasos y hasta ahí habría llegado todo. La premisa en su ruta es que no había tal y así procuraba andar sin rumbo, sin Sol que orientase, ni brújula para encontrarse. Sin compañía humana, sin el ruido de la ciudad que tanto angustiaba su cabeza y su memoria, sólo arrastraba dos acciones que se repetían rítmicamente, andar y respirar.

Los campos de tierra de tonos marrones se coloreaban de vez en cuando por el verde enfilado de enormes viñedos. Ellos marcaban su sitio como ahora sus pies dibujaban líneas ocultas en la tierra. Esa era una de las cosas que ayudaban a mantener su mente activa, la curiosidad.

Si alguien, desde lo alto del cielo, pudiera ver la línea que dejaba su camino, ¿se entendería? ¿Se podría leer incluso? A lo mejor andaba en círculos concéntricos, en brazos abiertos sin sentido o en una única línea que no llegaba a cerrarse nunca. Cuando se sentaba a descansar por la noche, deseaba que se dibujaran palabras. Palabras que pudieran leerse desde otros planetas y que dejaran constancia de su vida.

Según ascendía por la ladera de algún monte se encontraba piedras sueltas que iba recogiendo según su forma y tamaño. No valía cualquiera, debían tener la forma de las líneas y huecos de su mano, como si las piedras fueran continuación de sus huesos internos, como si ayudaran a mover sus articulaciones. Apretaba cerrando los dedos y la piedra quedaba atrapada; si no era esa su posición la giraba y volvía a cerrar la mano, así hasta que el canto coincidiera en tamaño y aristas con el hueco de su mano.

Piedras frías, con el color que tocaba en ese momento a sus ojos, con un peso notable que hiciera sentir su presencia, con huellas del pasado o con un tacto especial que mereciera la pena acariciar. Las bajadas por distintas o las mismas laderas eran el momento perfecto para recrearse en el paisaje que tenía ante sus ojos y pensar en la siguiente dirección.

Llevaba tres días paseando entre jazmínes cuando el amarillo se fue apagando paso a paso, no es que mirase mucho más allá de sus pies así que el suelo fue variando su textura según avanzaba y al darse cuenta de dónde estaba, paró y admiró los trigales que a sus faldas comenzaban a alfombrarse. Se adentró sin pensarlo dos veces, aunque no era una experiencia tan plácida como la pintaban, ni estaba segura de querer despeinar las espigas de aquel inmenso y rubio cabello. El calor apretaba y deseaba volver a las piedras y líneas invisibles; fijó su mirada sobre los pájaros que rondaban las varas de trigo y vio que uno de ellos se paraba en medio del campo. Abrió los ojos tanto como pudo y comprobó varias veces que la luz del Sol no estuviera engañando a su mente.

Había una puerta.

Todavía se encontraba a mucha distancia pero podía ver su madera oscura, podía perfilar perfectamente al pájaro que había visto volar por encima de su cabeza y que ahora estaba parado en la esquina del marco. Ni rastro de pared alguna, ni sentido, ni cordura.

Al acercarse, buscó con sus manos alguna pista que pudiera contestarle qué diablos hacía aquella puerta allí. Era una puerta de madera con sus bisagras, sus largueros, sus travesaños, sus dos paneles decorados con motivos florales y sus molduras. Intentó abrirla pero fue en vano. Estudió con la mirada los dos lados de la puerta, donde tendría que haber existido un muro que separase lo anterior de lo posterior, en cambio, sólo había trigo a su alrededor.

Volvió a intentar abrir la puerta una segunda vez, quería pasar. Se sentó a pensar algo, alguna idea que pudiera servirle de ayuda para seguir adelante. A la sombra de la cancela pensó en todo lo andado, en los motivos que antes no importaban tanto y que ahora cobraban un sentido vital. Da igual el tiempo que transcurrió hasta entonces, de pronto sacudió la cabeza como quien espanta a una mosca pesada que se posa en la nariz. Sonreía con la mirada mientras agarraba el pomo de la puerta, apretó sus dedos cerrando la mano, buscando las aristas que encajaban.

No iba a bordearla, aquella puerta podría ser de salida o de entrada.

Soltó una breve carcajada que la llenó de vida y giró sobre sí misma para volver. Allí mismo tiró todas sus piedras al suelo menos una que usó para rasgar la madera y volverla a encerrar en la mano; notó que el peso se aliviaba. Dejó tras de sí la puerta y una palabra escrita al lado de la cerradura.

Haz que todo suceda.
Adentrarse en la salida.
Regresar en la entrada.
Haz que todo ocurra y sea.